martes, 21 de abril de 2009

Una ventana abierta


“Y detrás de la sonrisa están los dientes”. Escrito esto, soltó la tiza, se sacudió el polvo de las manos en perjuicio de su falda negra y se sentó. Ahora llevaba varios días escribiendo frases sueltas, sin conexión entre ellas y siempre sin mediar palabra, sin atender siquiera a las risitas burlonas de toda la clase. Nosotros sabíamos que la señorita Conchi no estaba bien, ni era la misma desde que volvió de sus últimas vacaciones, pero preferimos fingir que recibíamos normalmente nuestras clases, a nadie nos convino que el director lo supiera, por eso nadie habló. Cada día nos sorprendía con algo nuevo, a veces se sentaba encima de la mesa con la mirada fija en un punto, y le daba igual que los de atrás le tiraran balines de papel con la funda del boli bic, o que nos subiéramos a su mesa, ni siquiera se inmutó el día que Juan el caliche se meó en sus zapatos. Allí permanecía intacta, como muerta en pie, cayéndole lágrimas como monedas por sus mejillas cada día más pálidas. Otros días hablaba, pero en un idioma que no conocíamos, tan seguido y tan rápido que casi nos asfixiábamos al oírla. Lo mejor era cuando tartamudeaba y guiñaba los ojos a juego, entonces no parábamos de preguntarle tonterías sin respuesta, y nos reíamos a carcajadas viendo como el tic se acentuaba por pregunta.

La mañana del 23 de Marzo llegó mustia, como nunca la habíamos visto. Permaneció en pie de espaldas a la pizarra, mirándonos uno por uno, como si realmente aquel día nos estuviera descubriendo, y sin terciar palabra, empezó a desnudarse, para asombro de nuestros ojos infantiles, con la parsimonia que nunca le habíamos conocido. Cuando quedó totalmente desnuda se acercó a la ventana, se recogió el pelo y se tiró al vacío.
Durante años me ha martilleado su recuerdo, me asfixiaba pensar que pudimos hacer algo por ella. La imagen de su medio cuerpo desnudo entrando por la ventana fue parte de mis pesadillas diarias.
Ahora tengo frío, pero me tranquiliza saber que ya no sufriré, al fin mi psiquiatra me ha liberado de mi culpa, bueno, mi psiquiatra y esta ventana abierta.

5 comentarios:

genialsiempre dijo...

Caray, pensaba que era un texto para las lecturas sobre Amores y, al final, como siempre, sorprendes con truculencia. Está claro cual es tu especialidad.

José María

Pedro dijo...

Joder, Carmen, es que no hay manera. Eres la Edgard Alan Poe de la Bahía, te lo has ganado por derecho propio.

Anónimo dijo...

"Ni siquiera se inmutó el día que Juan el caliche se meó en sus zapatos". Genial.
Te repito lo que te dije en persona, creo que es un gran relato.
OLIVA

Dani7 dijo...

Que buena eres. Sigue escribiendo, tus escritos estoy seguro que un día llegaran muy lejos. Felicidades, y por el día de hoy.

Por cierto; los mios también llegarán lejos, no se si a Miramundo o a otro lado. Jajaja

Anónimo dijo...

Dónde andas, Carmen? Vuelve por estas páginas, que se te echa de menos.

Eva T