
Aquel sería el primer gesto maternal consciente que recuerdo, y ahora que me permito la reflexión, creo que también fue el último. Horas antes de morir me suplicó que la perdonara, que si claro que te quiero, que si a partir de ahora tendrás todo mi cariño, bla bla bla... Lo cierto es que ya apenas me importa, mi psiquiatra, a golpe de talonario, intenta adoctrinarme para que no me afecten en lo más mínimo mis carencias afectivas. Diría que lo ha conseguido totalmente, si no fuera porque de vez en cuando necesito bajar a ese sitio tan oscuro a comprobar que sigue allí su cadáver.
4 comentarios:
Madre mía, ese sí que es un relato para temblar. Sobretodo por lo del psiquiatra, bbrrrrrrr, qué miedo.
Un beso y felices fiestas.
Tenebroso relato, y al mismo tiempo caústioco y mordaz, invita a la imaginación, tiene morbo y el morbo siempre gusta.
Resumiendo, un encanto.
José María
Breve, conciso. Con pocas palabras creas un mundo imaginario, algo muy dificil de conseguir. Por cierto, yo no me ducharía tras una cortina de plástico en casa del protagonista de este relato... ;-)
Me ha gustado mucho.
Antoñín
Y es que los traumas infantiles duran toda la vida, si no que se lo digan a Norman Bates...me ha encantado tu relato, es de los míos, jijiji.
Ra
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