
La que siempre lucía antes de que los bombarderos acabasen con él. La misma sonrisa que le instalaron en la incubadora y que, setenta y dos años después, permanecía intacta aún las grandes dosis de desdichas que diariamente le administraban. Eusebio sabía que el día que dejara de sonreir le mataría el dolor de sus reumáticos huesos, su estómago acusaría la falta de alimento y el cuerpo sufriría la realidad de los grados negativos que apenas mitigaban los envoltorios de cartón de las botellas de cinco litros de lejía.
La mañana del treinta de mayo el cielo de Madrid se cerró, cayeron bombas de intolerancia en sus calles. De entre todas, una alcanzó la sonrisa de Eusebio.
4 comentarios:
Carmen, tus relatos tienen todos algo muy especial, algo mágico, misterioso. Guárdalos bien, porque algún día tendrán que ver la luz para el mundo entero.
Aunque no sé si el mundo los merece.
Un saludo.
Yo soy la que no merezco comentarios como este. Muchas gracias, Pedro. Un saludo.
Magnífico relato hiperbreve. Magnífico. Sigue así, niña. Saludos desde Absurdi
Ana
Gracias guapa, un besito.
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