sábado, 22 de agosto de 2009

Soledad- Jorge Drexler-

Le tomo prestada esta canción a Antoñín, que fue quien nos la presentó a David, Moy y a mí en una de las tardes del taller "Niveniano", donde las medias horas de camino dieron tanto de sí.
¿Se imaginaron alguna vez hablando codo a codo con la soledad?...Jorge Drexler sí.




Soledad,
aquí están mis credenciales,
vengo llamando a tu puerta
desde hace un tiempo,
creo que pasaremos juntos temporales,
propongo que tú y yo nos vayamos conociendo.

Aquí estoy,
te traigo mis cicatrices,
palabras sobre papel pentagramado,
no te fijes mucho en lo que dicen,
me encontrarás
en cada cosa que he callado.

Ya pasó
ya he dejado que se empañe
la ilusión de que vivir es indoloro.
Que raro que seas tú
quien me acompañe, soledad,
a mi, que nunca supe bien
cómo estar solo.

viernes, 14 de agosto de 2009

Promesas Nocturnas


Una luz tenue entraba por la ventana visualizando un camino de partículas de polvo que casi alcanzaba los pies de la cama. En ésta su cuerpo yacía inmóvil, unas sábanas de seda beige desechas sobre sus piernas y sus senos desnudos. Mechas de pelo cubrían parte de su cara, el resto parecía estar colocado en perfecta sincronía sobre la seda de la almohada. Su aspecto era tan sereno y abandonado que solo el liviano movimiento de su pecho descubría que no estaba muerta sino dormida. Sin poder abrir los ojos, como si tuviera cosidos los párpados con el hilo de sus pestañas, asomó a su boca una dilatada sonrisa acompañada de una leve coloración de mejillas. Estiró los brazos desperezándose y sirviéndose del movimiento tanteó los lados deshabitados de la cama, con más insistencia y ofuscación a medida que se cercioraba de su soledad. La ansiedad se apoderó de ella y en segundos su sonrisa se desvaneció por completo y con los ojos aún cerrados, rodaron lágrimas de angustia en la dirección que marcaba la inclinación de su cabeza...De nuevo la crueldad de un amanecer le descubría la mentira de las promesas nocturnas.

sábado, 1 de agosto de 2009

El árbol de la vida

Sobre las cuatro de la tarde, cuando todos dormían la siesta, la niña buscaba la vieja silla de enea, donde sabía que lo encontraría dormitando y le pedía, susurrándole la promesa de que sería la última vez, que la llevase a ver el árbol de la vida.
Ella sabía que era un ciruelo, y que los frutos que su abuelo decía aseguraban un largo vivir, no eran más que simples y agriculces ciruelas, pero nunca le desveló su certeza por el miedo a que dejara de acompañarla, y así, cada tarde, bajo la sombra del árbol, comían de aquella fuente de inmortalidad mientras él contaba otra de sus historias reales, y al marcharse, idéntico ritual; el dedo índice sellando los labios y la misma frase "este siempre será nuestro secreto".

Muchos años después, ya mujer, cuando se deshizo de los ojos reales de la inocencia, dejó de ver ciruelas, y al fin entendió que su abuelo no mentía.

Dedicado a mi abuelo Tomás, que en el umbral de sus 98 años, mantiene intactas sus ganas de vivir. Ojalá nunca falten ciruelas en el árbol de su vida.